No recuerdo cuándo empezó, pero algo dentro de mi comenzaba a caer lentamente en ese agujero tatuado con su nombre.
La forma en la que nuestros silencios solían hacerse más grandes que nuestras conversaciones; su caballerosidad dudante ante mi. Sus dedos largos empujando mi mochila al cruzar.
Señales comunes al caminar.
Sus atenciones y delicadezas. Su sonrisa de al lado; el cabello alborotado dibujado sobre él.
La ropa desordenada, la mochila hecha costumbre.
Sus largas extremidades y su ritmo al andar.
La forma en cómo evadía comentarios, en como huía de mi mirada.
La forma en cómo sus ojos sonreían cuando él quería hacerlo e intentaba ocultarlo; esa peculiar manera de pronunciar la R.
Cuando me hacía desear tener una en mi nombre, para así poder escuchar lo mal que la pronunciaba.
Lo especial que hizo un bubble tea, y lo conmemorativo que seguirá siendo para mi.
Su apoyo, las canciones. Las coincidencias y su humor estrellado.
Quizá tan poco pero mucho a la vez; quizá mucho más él y menos mis ojos en cada falla.
Quizá su sonrisa ahuyentando mis lágrimas.
Quizá mi valentía siendo ignorada.
Quizá él, y no mi corazón.
Quizá yo, quizás tú.

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